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Las relaciones que ‘damos por hecho’

No subestimes la vida de quien quieres, pensamos demasiado en lo que queremos ser y muy poco en lo que estamos siendo

Habíamos sido una familia unida y lo subestimamos. No me hubiese podido imaginar que nuestra familia iba a sufrir una tragedia o fuera separada. Una vez que estábamos juntos nuevamente, vi un cambio en cada uno de nosotros. No es como que vivíamos con una nube negra sobre nuestras cabezas, pero teníamos un claro entendimiento de que nuestros seres queridos podían irse en cuestión de minutos. Nos hizo apreciarnos más los unos a los otros. ”  Don Piper, autor de 90 minutos en el cielo.

De una forma natural todos nacemos y moriremos. Desconocemos a ciencia cierta el día, pero lo que sí sabemos es que podemos vivir el presente a plenitud al lado de los seres que más amamos. La vida conlleva una serie de lecciones, y en eso consiste el vivir: en aprender. Pero qué difícil parece el arte de las relaciones, incluso de los que son más cercanos. Damos por hecho al que siempre está ahí, a ese que nos quiere, y a ese que nos acepta tal cual somos. Damos por hecho que los planes saldrán como lo previsto y que tendremos vida por delante para arreglar lo que hemos roto, acercarnos al que hemos lastimado y resolver tantas heridas.

 Según el diccionario de la lengua española, “subestimar” significa darle a algo menos importancia de la que tiene. Y es que en ocasiones nos sucede con las personas que amamos. Solemos subestimar a nuestros amigos y familiares, nuestros hermanos, padres, suegros, cuñados… pensando que van a estar por siempre y que después lo hablaremos, lo solucionaremos, lo haremos mejor. Y es importante entender que no siempre van a estar. Tal vez estarán desde otro plano, dentro de un plano divino, pero no físico. Y es que ¿Si no llega ese después? ¿Cuánto tiempo perdido? ¿Cuánto tiempo desperdiciado? ¿De cuántas omisiones o cosas pendientes nos preguntará Dios?

Y es que recientemente, añorando un minuto de tiempo con mis abuelas, recordé que cuando las tenía con vida las sentía eternas y me era tan fácil sentirlas para siempre. Solía pensar que ellas necesitaban de mi presencia, mis visitas, mis llamadas. Y al partir ellas, me di cuenta, que yo era la que necesitaba de ellas, y las sigo necesitando. Estoy segura que en la sabiduría de mis abuelas, ellas no me necesitaban, porque ahora entiendo el amor de madre y puedo comprender un poquito el de abuela. Uno ama sin esperar, los hijos somos quienes demandamos y creemos que nos necesitan. Pero así como hijos, solemos ser amigos, cuñados, yernos, nueras, concuños… pensando que nuestros familiares nos necesitan, cuando somos nosotros quienes les necesitamos.

Hoy declaro vivir el presente, trabajar ese pendiente hoy, disfrutar de la presencia tan valiosa de mis padres, llamar a mis hermanos, buscar a quien quiero en mi vida. Porque la vida la voy construyendo con lo que hago y no con lo que quería hacer, porque mi vida se va nutriendo de quien yo decido que viva en ella.  Cuánto añoramos la voz, un abrazo y un café con esas personas que hoy ya no están físicamente. Con el paso del tiempo, maduramos, comprendemos el valor de un te quiero sincero, un tiempo de calidad compartido, un amigo interesado desde el corazón.

Comprendemos cuántos minutos  desperdiciados por suposiciones sin sentido, por expectativas no cumplidas.  Deja  de dar por hecho que ves a tus padres lo suficiente, que juegas con tus hijos lo normal, que escuchas frecuentemente a tus amigos.  Y como diría Pedro Simón, son los tiempos, pensamos demasiado en lo que queremos ser y muy poco en lo que estamos siendo.  Cuántos abrazos por dar, cuántos cafés y vinos por compartir, cuantos cuentos por contar, cuantos minutos por vivir. No lo des por hecho, porque un día comprobarás que no habías vivido ni la mitad de lo que habías querido.

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