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Que el jueves no dure para siempre

¿Cuántos abrazos, besos, encuentros, despedidas, pláticas, viajes, cafés, miradas, noches, mañanas e instantes de vida en general has dejado pasar por ‘tener que estar en otro lado’?

En uno de mis poemas preferidos de Neruda titulado ‘El largo día jueves’, se relata metafóricamente cómo un hombre, ya sin percatarse del tiempo y completamente absorbido por la rutina, vive siempre el mismo día; siempre el mismo jueves. Hasta que, finalmente, la muerte lo toma entre sus brazos, esperando ansioso por el anhelado paraíso. Sin embargo, fueron las acciones del presente las que marcaron el futuro de su eterno descanso, pues en aquel lugar donde no había quien lo esperara ni caminos hacia donde salir, también era y sería jueves… Por siempre jueves.

¿Qué estamos haciendo? ¿A quién queremos engañar? Todos los días apagando la misma alarma para dirigirnos al mismo lugar donde, invariablemente, todo pareciera ser siempre jueves; y, aun así, vivimos conformes con ello, aceptando inconscientemente una derrota ante una realidad establecida por alguna mente maestra y manipuladora, pues henos a todos aquí siguiéndola. Espero que ya se encuentre cómodo, querido lector, pues su atención ya se dejó, voluntariamente, robar por un buen rato.

Yo te pregunto, desde donde quiera que me lees: ¿Sabes qué te va a suceder a ti como persona, como organismo con únicamente cinco necesidades básicas para poder vivir, si hoy llegas tarde o no llegas del todo al lugar que tanto te aqueja tener que ir? Absolutamente nada. No vas a dejar de respirar, el mundo no va a dejar de girar y, por lo menos en este preciso segundo, tu vida no va a depender de lo que ‘deba ser’, sino de lo que quieras que sea. Tú no eres tus calificaciones de la escuela, no eres el trabajo en el que dejas pasar las horas de tus días; no eres lo que los demás dicen que eres ni aquello que tú y yo sabemos solo aparentas ser para ‘quedar bien’. Inmersos en tantos controles sociales, no abrimos los ojos a aquello que es de verdadera importancia; algo llamado prioridades.

¿Cuántos abrazos, besos, encuentros, despedidas, pláticas, viajes, cafés, miradas, noches, mañanas e instantes de vida en general has dejado pasar por ‘tener que estar en otro lado’ con personas que no son prioridad, sino más bien un involuntario compromiso? Son esos destellos fuera de la rutina, precisamente, lo que hace de la existencia algo interesante y fascinante; algo que inspira a quererla vivir. Tendemos a dejar ‘para después’ eventos o personas con las cuales realmente queremos estar, pensando que el tiempo es aliado y que tal vez no podemos hacer parar el mundo, pero si hacer que gire más despacio. Sin embargo, como de costumbre, estamos equivocados, porque después no hay después. Es irónico cómo nos hemos dejado llenar de ideas donde se asegura que lo primordial es acatar y seguir el ritmo fijado por lo socialmente impuesto, aislándonos de quienes más queremos por hacer felices a todos, menos a uno mismo. Si de todos modos vamos a morir eventualmente y no nos llevaremos nada a lo que nos depara ¿qué te detiene a ejercer tus cinco segundos donde puedes cambiar de opinión?

Prioridades, señores. Las prioridades las define uno con base en lo que lo haga mejor ser humano y no con base en la peligrosa costumbre. Sólo así es como se vive más ligero, sin miedo a parpadear y perderse de algo, pues cada minuto es vivido como el último; sin miedo a ver a alguien por última vez, pues se crean los espacios y los tiempos; sin miedo a que el amor llegue tarde, pues se deja de ‘amar poquito’ para ‘amar bonito’. En pocas palabras, sin miedo a morir insatisfecho, despertando a un paraíso donde nadie nos espere y no existan caminos hacia dónde salir; donde el jueves nunca termine.

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