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Alguien

Es incuestionable que todos, sin excepción, llevamos o tenemos a ese ‘alguien’ en el alma

A lo largo de 15 columnas (16 contando esta), mis fieles lectores se habrán dado cuenta de mi inevitable perspectiva existencialista y, por fortuna, poética de ver el mundo. Algunas veces, pongo en retrospectiva mi corto o largo camino que hasta ahora he vivido, y hago pausa al tiempo para pensar en qué momento comenzó esto llamado escribir; cabe mencionar que, cada vez que pretendo hacer tal reflexión, nunca he llegado a una conclusión definitiva. De todas maneras, estoy segura de algo: para escribir uno requiere inspiración, llámese entorno, recuerdos, símbolos o lo más común por excelencia: personas. Es incuestionable que todos, sin excepción, llevamos o tenemos a ese “alguien” en el alma; en cada fibra que recorre el cuerpo y lo llena de vacío, del incomprensible todo, de ganas, de actos, de vida. En fin, de tantas cosas, de ti entre ellas. Póngase cómodo querido lector, pues, aunque quisiera robarme su atención por más tiempo, sólo tenemos este rato que, bien aprovechado, es más que suficiente.

¿De qué estaremos hechos que somos capaces de sentir tanto, pensar tanto, observar tanto y, aun así, comprender tan poco? Estructuras de materia andante y sapiente con extremidades, sueños, deseos, emociones y capacidad de cognición que se preguntan, día con día, su propósito de ser. Los más grandes científicos, investigadores y académicos que han dedicado su vida al estudio del hombre dirán y afirmarán nuestra innegable composición química, física y genética. Sin embargo, eso sólo forma el contenedor que transporta de un lugar a otro, tal vez de una vida a otra, lo que de verdad importa y nos hace lo que cada uno somos: la esencia. Ahora bien, la pregunta del millón: ¿De qué está hecha la esencia? ¿Cuáles son los elementos del alma? Sencillo de responder y, sin embargo, difícil de explicar y articular: estamos hechos de personas; estamos hechos de “alguien”.

Voluntariamente (o involuntariamente) obligados a convivir, es inevitable que otros individuos se deslicen e inserten en la cotidianidad de uno. En un principio, todos somos extraños; hay algunos que nunca lo dejan de ser, aunque creamos y aseguremos con tanta certeza conocerlos tan bien. Aun así, llega un punto en que, al cruzarse las realidades, alguien se vuelve “alguien” en la escala de importancia; pero, aunque parezca que llegan a cambiarnos la vida, somos nosotros los que la moldeamos distinta en consecuencia de dicho encuentro. Es así como nos vamos formando, de a poco, de las personas a las que les damos cabida dentro de nuestro breve espacio. Es así como, de a mucho, comenzamos a construir la esencia. Es así como, increíblemente, nos relacionamos de inmediato con desconocidos, pues probablemente ambos estemos compuestos de lo mismo.

Si el secreto de la existencia se encuentra, quizás, entre los brazos correctos, entonces se puede sostener que vivimos de vivir la conexión con otras realidades. Vivimos de encontrarnos a y en otros que, en definitiva, jamás serán un error ni una cicatriz. No hay errores, sino lecciones y enseñanzas. No hay tal cosa como cicatrices por entregar todo sin miedo y con tanta intensidad, pues sólo duele aquello que no queremos dejar, confundiendo “estar hecho de alguien” con “necesitar de alguien”. Querido lector, tenga algo bien claro: sí, somos un conjunto de materia conformado por la interacción constante de quienes nos rodean; pero usted y yo somos, de igual forma, ese “alguien” inmiscuido en quién sabe dónde, pues somos de quien nos piensa y nos escribe. Somos de quien nos hace inmortales.

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