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Salvada por una patada

Si él no me hubiera pateado esa noche de mi juventud, hoy no estaría hablando con ustedes

Con apenas 22 años, Annet Pogge, se dirigió esa noche fría al borde del puente que atraviesa Fort McMurray, Alberta. “Me sentía muy mal y ya nada tenía sentido”, comenta años después. Dos horas antes le había contado a su novio la “gran noticia” de que estaban esperando un bebé. “Él montó en cólera. Estábamos en una recepción con cientos de invitados. Me gritó en medio de todos que no quería saber nada de un hijo y se fue… para no volver más”.

Subida al barandal del puente, mientras contemplaba en la oscuridad el agua debajo de ella y una muerte terrible se le insinuaba, pasó “un milagro”: “justo cuando estaba pensando en saltar; justo cuando estaba pensando en terminar con todo (no sólo con el embarazo, sino conmigo misma), sentí una patadita. Era el primer signo de vida que sentía” –recuerda emocionada–. “Y pensé: ‘¡Dios mío, es una señal! Dios quiere que yo viva’. No pude acabar con mi vida. No pude”.

Aquella noche sobre el puente, después de que Annet bajara del barandal, todavía quedaron muchos obstáculos por sortear. Pero los vivió como otra persona, porque tenía un motivo muy grande por quien luchar y mirar con esperanza el futuro. Durante los siguientes años trabajó en un poco de todo: desde cajera en un “Seven-Eleven” hasta despachadora de gasolina en una estación. Sobra decir que nunca hubo mucho dinero en el hogar de los Pogge.

Cuando Justin cumplió los 12 años se mudaron a British Columbia. El vástago Pogge decidió jugar como portero de su equipo; posición que, por el extra de equipamiento que requiere, es la más cara. Annet apoyó sin dudar a su hijo, a pesar del sacrificio que implicó. Por supuesto, el primer equipo de portero que estrenó Justin era usado. Durante muchos años, Annet acompañó a su hijo a todos los entrenamientos y partidos, pues se ofreció como “manager de utilería”: “viajaba siempre con ellos”.

Recorrió todas las canchas del país, con un grupo de niños, en los asientos traseros de su camioneta. De hecho, su vieja Van Plymouth Voyager, que compró con 10.000 Km., pasó pronto a mejor vida con 290.000 Km. en su haber. Esa presencia fue clave no sólo para ella, sino sobre todo para el futuro portero de hockey. Así lo cuenta Annet: “cuando Justin falló en un partido clave -dejó pasar muchos goles- yo lo estaba esperando en la casa. Estaba tan descorazonado que pensaba seriamente en dejar de jugar. Mi respuesta fue muy clara: ‘Te amo hijo y te apoyaré en cualquier decisión que tomes’. Y sí, decidió seguir jugando, sin darse por vencido. Estoy muy orgullosa de él”.

Hoy que el éxito toca a su puerta, y con un sueldo extraordinario, Justin le compró casa y auto nuevos a mamá… ¡pero sabe que eso aún es poco para agradecerle todo lo que hizo por él! Pero en el fondo, Annet sabe que es gracias a su hijo que está viva: “si él no me hubiera pateado esa noche de mi juventud, hoy no estaría hablando con ustedes”.

Así es: no importa qué pase en los mundiales de hockey, ni mucho menos cuántos goles le metan o cuántas “salvadas” haga en su portería. Justin Pogge nunca hará una salvada más grande que aquella de hace 22 años cuando -sobre el puente- dio una simple patadita.

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